El Efecto del Evangelio Sobre la Identidad

Todos nosotros tomamos nuestra identidad de algo, o de varias cosas.  “Yo soy estudiante.”  “Yo soy abogado.”  “Yo soy hondureño.”  “Yo soy electricista.”  “Yo soy drogadicto.”  “Soy aficionado del futbol.”  Y así hay un número sin fin de condiciones o características que nos ayudan a definir quiénes somos.   Esta forma de derivar nuestra identidad de alguna característica o condición puede ser inofensiva, positiva o negativa.  Uno de los aspectos negativos se hace notar cuando uno se compara con otra persona y decide que uno es mejor (o peor) que otra persona . . . cuando una identidad se califica como lo preferido y otra identidad se considera como inferior.

Tal forma de comparar y denigrar a otros tiene larga historia y amplia aceptación.

En la Biblia encontramos muchos ejemplos de esa costumbre.  El ser judío y el ser gentil fue inculcado en la consciencia del pueblo de Dios durante siglos.  “Yo soy una persona religiosa y justa pero esa persona es una pecadora.”  “Yo soy importante, así que yo me siento en el lugar de honor.  Ese es un don Nadie, así que él debe sentarse al pie de la mesa.”  “Yo soy una persona de autoridad, así que usted me sirve en lo que yo necesite.”

Uno de los resultados del evangelio sobre la sociedad (inesperados para muchos) es el impacto que tiene sobre la identidad de uno.  Fundamental al mensaje del evangelio es el hecho de que en el Cuerpo de Cristo (la iglesia) la identidad de uno se deriva de lo que Cristo hizo por mí, no de alguna característica o condición personal.   El evangelio es el “gran nivelador” de la sociedad.  El primer paso hacia la vida transformada que ofrece el Reino de Dios es admitir que todos somos iguales: todos somos pecadores.  Esa es la verdad primordial de la condición cristiana.  Y como todos somos igualmente pecadores, no existen diferencias entre personas.  Nadie es mejor que otro, ni peor que otro.  El evangelio aplana el campo de juego.

¿De dónde, entonces, deriva el cristiano su identidad y su valor?  Si mi identidad ya no se basa sobre dónde nací, lo que estudié, sobre cuánto dinero tengo, o mis cualidades de carácter, entonces ¿de dónde viene mi valor y mi identidad?  En la iglesia mi identidad y mi valor se derivan de lo que Cristo hizo por mí en la cruz.  Yo tengo valor y puedo sentirme bien sobre quién soy porque Dios me amó tanto que estuvo dispuesto a sacrificar a su propio Hijo para que yo pudiera tener una relación con Él.  Mi valor y mi identidad se encuentran en Cristo.  Siempre mi identidad se deriva de algo . . . sólo que ahora ese “algo” es la gracia que he experimentado en Cristo.

Frente a esta verdad el Apóstol Pablo primero describe la identidad nuestra “antes de Cristo” en Efesios 2:12 cuando dice, “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.” Estaba describiendo la costumbre de tomar nuestra identidad de nuestra ciudadanía y religión.  Pero Pablo no lo deja allí sino que explica de dónde deriva la persona su identidad “después de Cristo”: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo;” (Filipenses 3:20). Es decir, en la iglesia “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Gálatas 3:28).

“Todos somos uno en Cristo Jesús” es la identidad de los hijos de Dios, renacidos en Cristo Jesús.  En la iglesia no hay mexicanos ni hondureños ni cubanos ni colombianos.  Lo que hay es un grupo de ciudadanos del Reino que por el diseño de Dios nacieron en diferentes países.  Pero esa última condición no tiene importancia en la iglesia.  En la iglesia no hay profesionales y obreros, sólo hay ciudadanos del Reino.  Ya no hay personas importantes que ejercen poder sobre otros y otros que son menos importantes así que les sirven a los demás.  En el Reino sólo hay siervos.  El liderazgo del Reino es un liderazgo de servicio.

Una persona que antes se identificaba como drogadicto, o uno que antes era adúltero o ladrón (si en Cristo ha nacido a una nueva vida) ya no tiene que vivir con el estigma de su identidad anterior.  En Cristo tiene una nueva identidad.  La persona que antes era muy religiosa (y quizá se consideraba mejor que los pecadores), si en Cristo ha nacido a una nueva vida, ya reconoce que él es igualmente pecador y que tanto él como el adúltero son iguales ante el trono de Dios.

Estas verdades no significan que no existen problemas en la iglesia debido a nuestras identidades anteriores.  Pero los escritores del Nuevo Testamento hacen bien claro que tomar en cuenta esas identidades anteriores al relacionarse dentro de la iglesia es pecado.  Es cierto, nuestra nueva identidad en Cristo no cambia nuestros gustos.  Yo puedo ser hijo de Dios y no gustarme “el menudo” que el mexicano come.  Yo puedo ser hijo de Dios y preferir un estilo de música que no sea la música caribeña.  Pero como todos somos ciudadanos del Reino, no tengo la libertad de tratar al otro con desprecio o denigrar a su persona o sus gustos.  Somos todos miembros de un solo cuerpo, la iglesia, que es el Cuerpo de Cristo.  En Cristo ya no hay mexicanos ni colombianos, ni ricos ni pobres, ni ingenieros ni obreros.  Todos podemos tener una auto imagen sana porque somos amados por Dios.  Y todos apreciamos a los otros porque Dios los apreció tanto a ellos, y a mí, que estuvo dispuesto a morir para comprar nuestra igualdad.

One thought on “El Efecto del Evangelio Sobre la Identidad

  1. Muy buena informacion hacerca de la identidad del cristiano, es de mucha ayuda para aquellos que todabian no saben cual es la verdadera identidad que Jesucristo ofrecio por nuestros pecaados. Thanks

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