De Tú a Tú con Dios: Valentía en la Oración

Oct 10, 2015   //   por Lloyd   //   Blog, Discipulado, Oración  //  No Comments

Recientemente nuestro pastor predicó un sermón buenísimo, usando como base los capítulos 32 al 34 de Éxodo.  Al estar revisando el pasaje después, en casa, me acordé de una verdad que se encuentra en los capítulos 32 y 33.  Allí se relata uno de los encuentros más sorprendentes, y diría yo más atrevidos, entre un hombre y Dios.  El pastor no habló directamente de ese intercambio, pero yo sí quiero examinarlo con más cuidado.

 

El contexto de este pasaje es el tiempo en que Moisés subió al Monte Sinaí para estar en la presencia de Dios durante 40 días y 40 noches y allí recibir los Diez Mandamientos.  El pueblo de Israel, viendo la ausencia prolongada de Moisés, empezó a pensar que había desaparecido o muerto.  Al principio del capítulo 32 se relata el episodio muy oscuro en la vida del pueblo de Dios en que el pueblo demandó que Aarón les fabricara dioses que los guiaran.  Aarón hizo dos becerros de oro y les dijo, “estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto.” (32:4b)  ¿Qué?  ¿Cómo fue eso?

 

Dios acababa de darle a Moisés las dos tablas de la Ley (31:18) cuando Aarón dijo eso.  En ese momento ocurre la conversación en que Moisés se pone “de tú a tú” con Jehová Dios, Creador del universo y Gran Libertador de Israel.

 

7 Entonces el Señor le dijo a Moisés:  —Baja, porque ya se ha corrompido el pueblo que (tú) sacaste de Egipto.

 

(Nota que Dios dijo “tú (Moisés) sacaste al pueblo de Egipto”.)

 

9 »Ya me he dado cuenta de que éste es un pueblo terco —añadió el Señor, dirigiéndose a Moisés—. 10 Tú no te metas. Yo voy a descargar mi ira sobre ellos, y los voy a destruir. Pero de ti haré una gran nación.

 

¡Espérate un momento!  ¿Quién había sacado al pueblo de Egipto?  ¡Fue Dios, no Moisés!  Así que en ese momento increíble de “tú a tú” con Dios, Moisés empieza una discusión con Dios sobre quién sacó el pueblo y sobre de quién era pueblo.  Esta conversación es una de los oraciones de intercesión más atrevidas y bellas que encontramos en la Biblia.

 

11 Moisés intentó apaciguar al Señor su Dios, y le suplicó:

— Señor, ¿por qué ha de encenderse tu ira contra este pueblo tuyo, que (tú) sacaste de Egipto con gran poder y con mano poderosa?

¡Calma ya tu enojo! ¡Aplácate y no traigas sobre tu pueblo esa desgracia! 13 Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac e Israel. Tú mismo les juraste que harías a sus descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo; ¡tú les prometiste que a sus descendientes les darías toda esta tierra como su herencia eterna!

14 Entonces el Señor se calmó y desistió de hacerle a su pueblo el daño que le había sentenciado.

 

En ese momento Dios empieza a ceder un poco, pero no del todo.

 

31 Volvió entonces Moisés para hablar con el Señor, y le dijo:

—¡Qué pecado tan grande ha cometido este pueblo al hacerse dioses de oro! 32 Sin embargo, yo te ruego que les perdones su pecado. Pero si no vas a perdonarlos, ¡bórrame del libro que has escrito!

¿Qué tipo de persona estaría dispuesta a arriesgar su propia salvación con tal de que pudiera lograr salvar a una nación entera?  Pero quizá más audaz sería la pregunta, ¿qué tipo de persona pensaría que su propio valor delante Dios tendría tanto peso que para evitar perder a esa persona Dios estaría dispuesto a perdonar a toda una nación?  La respuesta a esta última pregunta se encuentra en el capítulo 33:11, al final de toda esta conversación: “Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su compañero.”  Tan íntima era la relación que Moisés tenía con Dios que sin titubear se atrevió a “negociar” con Dios de esa forma.  De ninguna otra persona en la Biblia se habla así . . . sólo de Moisés.

 

Sin embargo, el Señor todavía estaba enojado y todavía no estaba dispuesto a restablecer con ellos esa relación especial de Pacto.  Dios todavía no estaba dispuesto a cumplir Su promesa de habitar en medio del pueblo.  Nota lo que Dios dijo en el capítulo 32, v. 33:

 

33 El Señor le respondió a Moisés: —Sólo borraré de mi libro a quien haya pecado contra mí. 34ve y lleva al pueblo al lugar del que te hablé. Delante de ti irá mi ángel.

33:1El Señor le dijo a Moisés: «Anda, vete de este lugar, junto con el pueblo que (tú) sacaste de Egipto, y dirígete a la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, Isaac y Jacob que les daría a sus descendientes. 2 Enviaré un ángel delante de ti, . . .Yo no los acompañaré, porque ustedes son un pueblo terco, y podría yo destruirlos en el camino.»

Moisés siguió luchando en oración por el pueblo porque sabía muy bien que lo que distinguía al pueblo de Israel de todos los demás pueblos del mundo era la presencia de Jehová en medio de ellos:

 

12 Moisés le dijo al Señor: —Tú insistes en que yo debo guiar a este pueblo, pero no me has dicho a quién enviarás conmigo. También me has dicho que soy tu amigo y que cuento con tu favor. 13 Pues si realmente es así, dime qué quieres que haga. Así sabré que en verdad cuento con tu favor. Ten presente que los israelitas son tu pueblo.

¡Qué atrevimiento, qué valor, qué pasión!  Moisés continuó su intercesión y no aligeraba la presión que estaba poniendo sobre Dios para que Dios admitiera que Israel era Su pueblo, y que sólo Su presencia en medio de ellos era lo que les hace diferentes a todos los demás pueblos en el mundo.  Por fin Dios dijo:

 

14 Yo mismo iré contigo y te daré descanso —respondió el Señor.

15 —O vas con todos nosotros —replicó Moisés—, o mejor no nos hagas salir de aquí. 16 Si no vienes con nosotros, ¿cómo vamos a saber, tu pueblo y yo, que contamos con tu favor? ¿En qué seríamos diferentes de los demás pueblos de la tierra?

Fue en este contexto que Moisés pidió lo máximo que un hombre puede pedir: “muéstrame tu gloria”.  Dios aceptó permitir que Moisés viera Su espalda y le declaró Su Nombre.  Puesto que el nombre de Dios revela quién es, ese nombre “Yo Soy” (Jehová) vino acompañado de una revelación del carácter mismo de Dios:

 

6 Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡¡Jehová!!  ¡¡Jehová!! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;

7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado;

La revelación del carácter de Dios que Moisés logró obtener por medio de esta oración intercesora forma la base teológica de nuestro conocimiento de Dios, y se cita en diferentes partes de la Biblia.

 

Habiendo logrado lo que apasionadamente buscaba, Moisés termina su intercesión con estas palabras:

 

8 En seguida Moisés se inclinó hasta el suelo, y oró al Señor 9 de la siguiente manera:

—Señor, si realmente cuento con tu favor, ven y quédate entre nosotros. Reconozco que éste es un pueblo terco, pero perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y adóptanos como tu herencia.


La Base de Toda Intercesión

 

Moisés andaba tan cerca de Dios, lo conocía tan bien, que por instinto puso en práctica uno de los principios más importantes de la oración.  Ese principio no ha cambiado en todos los siglos que han pasado desde esa lucha en Éxodo 32-34.  El Apóstol Juan lo enunció claramente para los seguidores de Jesús cuando dijo en 1 Juan 5:14-15.

 

14 Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye.  15Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho.

 

Todo el argumento de Moisés durante toda esta conversación con Dios se basaba sobre la voluntad revelada de Dios, sobre Sus promesas:

 

13 Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac e Israel. Tú mismo les juraste que harías a sus descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo; ¡tú les prometiste que a sus descendientes les darías toda esta tierra como su herencia eterna!

 

Varios cientos de años habían pasado desde que Dios les dio esas promesas, y se las había repetido vez tras vez a sus descendientes.  Así que Moisés sabía cuál era la voluntad de Dios, y basó todo su argumento con Dios sobre lo que sabía de Su voluntad: sobre Sus promesas.

 

Yo, en lo personal, pensaría dos o tres . . . o cientos de veces . . . antes de ponerme “de tú a tú” con Dios, porque pocas personas han tenido la relación que Moisés tuvo con Dios.  Pero sé que mi relación con Dios no depende de mi santidad, sino de la santidad del Hijo de Dios crucificado por mí en la cruz y resucitado para estar a la mano derecha de Dios para interceder a mi favor.  Cuando sé que algo es la voluntad de Dios, revelada en las Escrituras, no titubeo en interceder con Dios por lo que Él nos ha prometido.

 

Sé, por ejemplo, que es la voluntad de Dios que Sus hijos anden en santidad delante de Él, y no me da temor “molestarlo” (como lo hacía la viuda insistente en la parábola de Jesús) día tras día intercediendo por algún hermano que está luchando con el pecado.  Sé que Dios quiere que los matrimonios de Sus hijos aprendan a vivir en amor, sin pleitos, sin celos, sin infidelidad.  No me da temor guerrear en oración por ellos día tras día, semana tras semana, hasta que Dios transforme sus corazones.

 

Como iglesia, debemos aprender a guerrear unos por otros, en una lucha espiritual feroz, hasta ver que nuestros hermanos estén experimentando lo que Dios les ha prometido en las Escrituras . . . porque ésta es la voluntad de Dios, y sabiendo que es así, tenemos el derecho . . . el deber . . . de levantar tenazmente delante de Él este tipo de peticiones.

 

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